Cine/Películas

“El gran Gatsby”; o mejor dicho, el gran tolay

Baz Luhrmann  lo ha vuelto a hacer: adaptar una obra emblemática de la literatura universal y presentarla bajo su licencia estilística. Imágenes videoclipqueras, música actual a pesar de situarse en siglos anteriores a la historia y romances imposibles entre bellos protagonistas. Al principio ese toque transgresor lo puso en práctica en “Romeo y Julieta”, lo continuó con “Moulin Rogue”, su obra más redonda, y vuelve a estar sobre la mesa tras el –decepcionante- guion en su particular estilo al intentar resucitar las aventuras clásicas con “Australia”.

Ver una película dirigida por el australiano es saber a lo que atenerse. Debe saber que habrá ocasiones en los que un precioso videoclip que bien podría salir en la MTV copará muchos minutos en la pantalla. Aquel espectador que en su día sufriera arcadas con ese extravagante montaje de “Moulin Rogue”, que ni se acerque a su cartel, se encontrará más de lo mismo. A un servidor, tal gamberrada Pop le encanta, por lo que esta manera de contar la historia me ha servido para al menos, entretenerme, no así como sucedía con el tostón protagonizado por Robert Redford del 74, el cual Francis Ford Coppola debió haberse puesto hasta arriba de café para poder escribir su guion sin haberse quedado dormido en el intento.

Nos situamos en la Nueva York de los años 20, previo al crack del 29, donde la alta sociedad neoyorquina vive al límite de lo superficial a través del lujo, las fiestas, las mujeres y el alcohol. Nick Carraway (Tobey Maguire) un joven trabajador de Wall Street, se muda a West Egg en donde su vecino, un misterioso hombre que se hace llamar Gatsby (Leonardo DiCaprio), organiza fiestas nocturnas en su mansión en donde la crème de la crème de la ciudad se divierte hasta altas horas de la madrugada.

Con este punto de partida, la historia pretende satirizar a la burguesía de la época en la que sólo lo material, lo superificial y lo clasista rigen sus vidas. Pobres de espíritu, como dijo el mejor mago después de Tamariz llamado Jesucristo. El problema viene en que tanto en ésta, como en la obra de Jack Clayton, esta crítica pasa de puntillas. Es un mero pretexto para el romance existente entre Jay Gatsby y Daisy Buchanan (Carey Mulligan), cuando esto debería ser al revés: el romance el instrumento para mostrar tal crítica (crítica que, dicho sea de paso, ya quisierámos sufrir algunos, viendo cómo está la crisis).

En esta ocasión los personajes se tornan más caricaturescos, más excesivos que la película del 74. Cosa que se agradece, puesto que la sobriedad de la anterior, por tan nimio lo que se enseña, acababa siendo un muermazo. Por tanto, todos los actores de ésta superan a los anteriores: Carey Mulligan a Mia Farrow, Tobey MaGuire a Sam Waterston, y Leonardo DiCaprio a Robert Redford. Francamente, pocas veces ha salido en pantalla tan guapo el actor angelino. En el momento en el que es presentado, uno no sabe si está viendo una película o uno de esos anuncios que aparecen en las temporadas navideñas donde actores y actrices lucen esplendorosamente en pantalla. En presencia, Leonardo DiCaprio se come con creces la sala. Tal impacto es mayor que el de Robert Redford, y ya es decir.

Pero el tal Gatsby, tan listo que parece ser, tan astuto que se nos muestra, al final resulta ser un auténtico patán. Es un personaje poco creíble, estúpido en la parte final del metraje. Y esto no sería un problema si, como digo, los personajes son caricaturescos; pero al haber dejado poco rastro de esa mala uva acerca de los círculos cerrados de la alta sociedad, sólo queda como enjundia las andanzas de Gatsby, un tolay pagafantas tan tonto como todos los personajes de la obra.

Con lo cual, la que queda es esto: un bonito espectáculo audiovisual –ojo a la banda sonora, digna de ser adquirida para fiestas-, y una historia muy mejorable –a años luz del precioso romance que mostró en “Moulin Rogue”- que hará  las delicias de las pijas remilgadas que necesiten urgentemente salir a que les dé el aire. Otra ocasión más para hacer la adaptación definitiva de este clásico de Scott Fitzgerald tirada por la borda. Al menos esta se deja ver, algo es algo.

Por cierto. El 3D, aunque resultón, es a todas luces prescindible.

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