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“El Hobbit: Un viaje inesperado”

El esfuerzo, el cariño de Peter Jackson por el mundo que ideó Tolkien y el saber de los beneficios que traería la nueva adaptación cinematográfica se impusieron a infortunios como la quiebra de MGM o la marcha de Guillermo del Toro al frente del proyecto. Los fans de la saga han respondido satisfactoriamente llenando las salas de los cines, e incluso la mayoría de sus críticas han sido positivas. Pero, ¿qué poso me podría dejar un filme procedente de una trilogía que bajo mi criterio alberga pocas luces –“La comunidad del Anillo”, Gollum  y la representación de la batalla del Abismo de Helm- y muchas sombras –el resto-? Rizando el rizo, ¿cómo puede llegar a gustarme su 3D, formato que detesto, y encima teniendo la osadía de desterrar los sagrados 24 fotogramas por su segundo por unos 48?

Todo parece indicar que ir al cine a gastarme 12 eurazos  para esto iba a ser como tirarlos a la basura, pero…

Con los ojos de un niño.  Así terminé tras contemplar los 169 minutos que dura la que no sólo es la mejor entrega de la saga, sino la mejor película de aventuras de los últimos tiempos. Una epopeya de gran reserva que lima los defectos que poseía “El Señor de los Anillos” y que a su vez potencia todas sus virtudes.

Ahora sí, Peter Jackson vuelve a narrar una aventura  de las buenas, de mundos fantásticos rodeados de personajes con alma propia, algo que aparecía en “La Comunidad del Anillo” y que acabó diluyéndose como un azucarillo en la taza de café que he de tomarme para poder aguantar “El retorno del Rey”.

Por fin los personajes tienen una personalidad definida y no son meros bultos con patas que aparecen de forma testimonial con tal de contentar a los seguidores del libro –sí, los 13 Enanos son intercambiables pero los considero como un personaje único -. No existen figuras nulas, cosa que sí ocurría especialmente con los humanos secundarios en “Las dos torres” y en “El retorno del Rey”. Gandalf vuelve a ser interpretado de forma magistral por Ian McKellen,  Andy Serkis aparece con esa joya de personaje llamado Gollum, y Martin Freeman, el encargado de ponerse en la piel del joven Bilbo Bolson, compite con Sean Astin en el trono del mejor actor en interpretar a un personaje hobbit.

Con respecto a los efectos especiales y a la fotografía, hay que aclarar que baso mi crítica en la versión 3D a 48 fotogramas por segundo. La anterior trilogía acabó basando sus credenciales en protagonistas y secundarios que van pasando por allí a modo de videojuego y en largas batallas que, vista una –el espectacular asedio al Abismo de Helm-, vistas todas. Poco bagaje para que acabe manteniendo su aprecio para los “no fans” al cabo de unos años. Pues bien, los efectos especiales de “El Hobbit” son de lo mejorcito que existe, y lo que es más importante: gran parte de ellos seguirán gozando de buena salud. En este caso se mantiene el excelente nivel  de anteriores entregas con el añadido del mejor 3D que he visto. Algunas escenas son plasmadas de tal manera –los gigantes de piedra o la caverna de los trasgos- que uno no acaba de asimilar la bestialidad que acaba de ver. Una auténtica maravilla.

¿Y los 48 fotogramas por segundo? No se ha inventado la pólvora, aunque me ha gustado. Es cierto que al principio choca demasiado y la sensación inicial es que la película va al ritmo de un sketch de “Benny Hill”, pero cuando el ojo se acaba acostumbrando la sensación se pierde y el resultado es satisfactorio.

Otro de los aspectos relevantes  fue su banda sonora, guiada bajo la batuta de Howard Shore. El compositor canadiense vuelve con un popurrí de sus temas más famosos añadiendo a su producción el “Misty Mountains” cuyos acordes son destinados a ser el buque insignia de esta nueva trilogía.

Pero vayamos a lo que diferencia una gran película de una superproducción de cartón-piedra: la historia. Antes mencioné la presencia de sus personajes, pero otro detalle a agradecer es su comicidad y la alternancia de diálogos grandilocuentes con otros más desenfadados. Ya no es una saturación de frases lapidarias que acaban interpretándose como un canto a la pretenciosidad. Algunos señalan  de forma despectiva que su humor es de un tono infantil. La fantasía de Tolkien no es del tono que pueda tener David Lynch o Lars Von Trier. Es una historia para todos los públicos, llena de pasajes descriptivos donde se mezclan elementos alegres con otros oscuros y donde los personajes hasta recitan cantares que duran varias páginas. Puede que guste o no la historia, pero no entiendo que critiquen como algo negativo su tono ni mucho menos que se diga que en las anteriores entregas todo era más serio. ¿Es que serio quiere decir que salen más orcos feos, que hay más tierras arrasadas y en las batallas mueren muchos? Pero si es igual…

Lo que sí es cierto es que envidio a aquellos niños de 10 años que vayan a ver esta película. Encontrarán en ella la mejor carta de amor a la fantasía y al cine, la que de pequeño hallé dentro de la oscuridad del cine al visionar “Hook” del  ahora malogrado Steven Spielberg.

Cine de muchos quilates el que me acabo de encontrar, del que a servidor le entran ganas de escribir sobre ella nada más salir del cine. Desde luego, este ha sido del todo un viaje inesperado.

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